Mi abuela curaba el empacho y movía los labios pronunciando en silencio las palabras mágicas. Cuando seas grande te enseño, me decía, pero a mí no me importaba curar, solo quería saber el secreto.
En la cocina tenía a mano la cinta –el lazo de un batón viejo– colgada del perchero con la bolsa del pan y las agarraderas tejidas al crochet con lanas de colores. Desde la puerta le gritaban: ¡Dice Fulano que le cure el empacho! Y para eso estaba yo. Me hacía parar firme frente a ella mientras medía la cinta tres veces, del codo a la punta de los dedos. Me daba con cuidado el extremo de la cinta para que la sostuviera doblada en la marca precisa, justo arriba de mi ombligo. Entonces sí, se hacía la señal de la cruz y, sosteniendo la otra punta con la mano izquierda, movía la derecha arriba, al frente, y abajo, tres veces avanzando hasta mí, mientras yo seguía atenta las palabras mudas en su boca.
La primera pasada terminaba con el borde de su mano muy arriba de mi frente –empachado hasta la cabeza, decía–, la segunda bajaba hasta el centro del pecho y la última caía mágicamente adelante de mi ombligo –curado–.
A veces se olvidaba por completo, y cuando pasaban al otro día a agradecerle que habían quedado como nuevos y ya podían darse otra panzada de tortas fritas en la próxima lluvia, ella decía no hay de qué, por favor, y me miraba de reojo a mí, no fuera a meter la pata.
Otra cosa que mi abuela sabía era de yuyos, de los que hacen bien. El cedrón que es digestivo, el ambay para la tos, la malva para los baños de asiento y el camambú no me acuerdo, pero a mí me gustaba el sonido de esas letras que hacían como una música y cuando jugaba a curarle el empacho a las muñecas, decía despacito camambú, camambú, camambú con cada brazada, porque me parecía que esa podía ser la palabra mágica.




