Hacer una lectura política quiere decir contextualizarla en la ciudad, en la teoría de la ciudad en el sentido más amplio.
David Viñas
La cuestión de qué tipo de ciudades queremos no puede separarse de qué tipo de personas queremos ser, el tipo de relaciones sociales que pretendemos y las relaciones con las naturaleza que apreciamos.
David Harvey
En épocas de emergencia climática y de creciente desigualdad social, con un mundo nunca tan tecnologizado y a la vez tan fragmentado, la capacidad de la política para abordar estas múltiples crisis necesariamente debe contar con altas dosis de innovación, si quiere dar respuestas y también imaginar nuevos horizontes.
Llamativamente, la crisis humanitaria que genera el neoliberalismo convive con una profunda desorientación de los espacios de izquierda y centro-izquierda, incapacitados hace ya largo tiempo de pensar una nueva radicalidad que permee en la sociedad. Aunque este impasse no sólo golpea dichos sectores, sino al amplio abanico de la política tradicional acosada por la falta de respuestas y su propia torpeza para generar nuevas ideas y modelos de organización necesarios para dar cuenta de la insatisfacción ciudadana.
La política se aleja de la gente. La desconfianza hacia las instituciones aumenta y las ganas movilizantes de participación disminuyen. Ese vacío que se genera, como en todos los ámbitos, alguien lo ocupa. Al bastardeo neoliberal de las instituciones democráticas lo vienen a saldar expresiones postfacistas, al decir de Enzo Traverso, que logran canalizar y articular un conjunto de demandas sociales mediante el odio, el racismo y la xenofobia.
Ante este escenario desolador, surge un nuevo movimiento cargado de enunciados y acciones distintas: toma fuerza el municipalismo.
De qué no hablamos cuando hablamos de municipalismo
El concepto, al igual que otros, se ha convertido en un amuleto político, utilizándolo irresponsablemente diversos actores que poco tienen que ver con nuestra consideración de municipalismo.
Evidentemente queda claro que no todxs hablamos de lo mismo cuando hacemos referencia a él. Por lo tanto, me parece un buen punto de partida despejar ciertas interpretaciones.
La primera es lo que podríamos considerar municipalismo administrativo o geográfico, entendiendo la realidad política a partir de un límite jurisdiccional. El problema está, evidentemente, en que no todo lo municipal es municipalista, aunque a algunos les interese confundir ambos términos. Lo local por lo local mismo, no da cuenta de nuevas formas de construcción política.
En segundo término, lo que podríamos denominar un municipalismo ingenuo, proveniente de teóricos anarquistas, que piensan las ciudades y sus formas organizativas con posturas en relación a la libertad y la extinción de instituciones representativas, totalmente idealizadas. Esta interpretación quimérica se traduce en un sinfín de discusiones teóricas, que no tienen el menor interés para el grueso de la gente y condena al municipalismo a su peor suerte posible: un experimento elitista al margen de sus pobladores.
La tercera y última de las acepciones erróneas es la del municipalismo burocrático. Los poderes ejecutivos avanzan en políticas efectistas con una imagen progresista pero sin trascendencia real. Gestionan recursos del modo más eficiente posible para que la gente “viva mejor”; así, en abstracto. En fin: valorizan el rol de las ciudades, pero para ofrecerlas como espacios cómodos, amables, sin conflictos y en la medida de lo posible, sin mucho debate político.
Para impulsar un nuevo tipo de municipalismo, transformador, debemos entender y explicar, que esto no es cualquier cosa que pase en nuestras ciudades, pero tampoco es una quimera irrealizable ni una simple gestión escrupulosa de las competencias locales. Pero entonces, ¿Qué es el municipalismo?
La democracia necesita imaginación
La apuesta por un municipalismo transformador, es la capacidad de crear y enraizar una nueva cultura política democrática. Considerando como punto de arranque, vía prefiguración, pero también como punto de llegada o de horizonte deseado, avanzar en formas de auto-organización, de autodeterminación para ir generando embriones de nueva democracia.
No se trata de desconocer la democracia representativa, sino complementarla con innovadoras formas de democracia directa como también de expresiones de democracia comunitaria que fomente el autogobierno.
Como dice uno de los intelectuales más lúcidos de nuestro tiempo, Álvaro García Linera, no se trata de estatizar lo social, sino socializar el estado, para de esa manera construir un poder múltiple y diverso, donde cada uno mande en su territorio así mandamos todxs.
El desafío político, es multiplicar las instancias de participación ciudadana y del protagonismo popular. No sólo porque es una transferencia de poder y empoderamiento social continuo, sino porque en esas instancias se puede fomentar y trabajar sobre vínculos de nuevo tipo: en base a la autonomía, horizontalidad, solidaridad y cooperación.
La autonomía es clave para generar procesos con y para quienes quieren ser protagonistas, organizándose a partir del territorio que habitan y decidiendo sobre sus propios destinos.
Cuando hablamos de horizontalidad, hacemos referencia a una forma organizacional que trabaja desde la responsabilidad y la confianza militante, generando protagonismo colectivo y espacios plurales en la toma de decisiones.
En ese hacer, en ese conjunto de prácticas y acciones concretas, se imaginan formas de vida contrahegemónicas, promoviendo relaciones sociales alternativas al proyecto neoliberal: solidarias y cooperativas.
Como se explica, la sociedad civil es el lugar táctico para el desarrollo de municipalismo, apelando a interpelar a la sociedad toda y por ese mismo motivo, los sujetos políticos de cambio son los movimientos sociales.
Pero utilizando la historia como saber instrumental, los movimientos no pueden contentarse con construir desde afuera de las instituciones y sólo impugnar las opciones tradicionales, sino avanzar en síntesis políticas entre movimientos y partido para desarrollar instrumentos políticos de nuevo tipo, que construyan poder popular pero también que den la pelea en las instituciones. La forma de hacer eso no es dejando de ser movimiento para ser partido, sino hacer un partido de movimiento, una ampliación de la potencia del movimiento desplegada en la esfera estatal.
Un municipalismo transformador debe construir desde los territorios hacia las instituciones, acelerando los procesos sociales y abonando al desarrollo de lo que sucede en la calle, mientras que en las instituciones no debe tener pretensiones de representar sino más bien expresar los emergentes de la sociedad, conformando un entramado de experiencias concretas que se vinculan de manera multidireccional, para potenciar desde abajo una propuesta política transformadora.
Prefigurar nuevas formas de vida en la sociedad y desbordar las estructuras institucionales existentes vinculando el adentro y el afuera, es el desafío. No errar en diagnósticos entre fines y medios también es importante. Tener un lugar en las instituciones estatales, no es un fin sino un medio, para distribuir poder, para aumentar las condiciones de empoderamiento de la gente y ensayar, implementar y proponer estrategias y darle otra forma e intensidad a la democracia.
Para ello la clase política debe perder privilegios y la ciudadanía ganar autonomía y potestades para decidir sobre los asuntos comunes, ganar presencia en la calle, crear espacios de debate, impulsar nuevas iniciativas, dar lugar a todas las personas y grupos que apuesten por un modelo de ciudad más justo. Solamente en la medida en que consigamos todo esto tendrá sentido tener también a una o varias personas que ejerzan como amplificadores dentro de las instituciones.
En síntesis, hay que disputar las ciudades y desde ahí reinventar la política para refundar la democracia. Y cuidado, no se trata de cambiar una sola ciudad o ser localista, sino como dice el sociólogo francés Henri Lefebvre: cambiar todas las ciudades para cambiar el mundo.
Momentos de abrir nuevos horizontes
Resulta difícil teorizar en qué lugar nos encontraremos después de la actual crisis. Pero parecería que el COVID-19 dejó algunas cosas en evidencia, como la interdependencia de las personas, que nuestras acciones al vivir en sociedad inevitablemente repercuten sobre el resto, que la empatía y la solidaridad son fundamentales y que cuando nos aislamos, añoramos el encuentro.
Raramente ocurre que el grado cero de la política coincide con el de la escritura. Pero tal vez el estilo de vida neoliberal entre en un desmoramiento y se abra una ventana de oportunidad para disputar el sentido hegemónico de qué tipo de sociedad e instituciones queremos.
Probablemente peque de ingenuo y más que análisis político sea expresión de deseo, pero puede que sea el momento de salir a abrazar formas de vida en base a la participación, la autogestión y las construcciones colectivas, reconstruir el tejido social que hace tiempo viene dañado y esto sin dudas profundizara sus heridas. Y ese lugar, es desde las ciudades.
Rompamos con las tradiciones viciadas y abramos nuevos horizontes, evitemos el eterno retorno con proyectos políticos que se corran de lo normado para apostar por hipótesis innovadoras y arriesgadas. No hay que refugiarse en hacer una y otra vez lo acostumbrado.
Una vez más Simón Rodríguez tiene razón: «Inventamos o erramos».





