Nunca antes había oído hablar de Wuhan, ni siquiera conocía su enclave en la provincia de Hubei en el centro de la remota y misteriosa China. Con toda probabilidad cuando, a finales del año pasado en el noticiero de las nueve mientras estaba cenando, escuché que mencionaban la aparición del brote de una contagiosa y desconocida enfermedad en el mercado de aquella recóndita ciudad, no le presté demasiada atención, al fin y al cabo quedaba demasiado alejada de mi mundo conocido para que pudiera incumbirme, salpicarme o mucho menos quitarme el sueño aquello que fuese que les estuviera pasndo. Supongo que debí cambiar de canal o bien aproveché para prepararme una infusión digestiva antes de disponerme a lavar los platos y, tras esto, acicalarme para ir a la cama a contar ovejas.
Imagino que, al día siguiente, en la oficina, ni yo ni ninguno de mis compañeros sacamos a relucir en nuestras conversaciones a la hora del almuerzo, el escabroso tema sobre la escalada en el número de neumonías registradas en aquella lejana población China, de la que todavía era incapaz de recordar el nombre.
Las semanas fueron pasando clónicas y rutinarias, mirándonos el ombligo y, si nos sobraba algo de tiempo, la serie de turno que Netflix pudiera estar echando. Nada que despeinara nuestras acolchadas conciencias o fuera capaz de despertar, un ápice, nuestros temores más atávicos. En las noticias seguían exhibiendo, con metódica puntualidad, las cifras y estadísticas resultantes del número de contagios y muertes que se contabilizaban ya por millares. Todo aquello, si bien parecía ir en aumento, extendiéndose como una descontrolada mancha de tinta sobre el mapa de Asia, seguía estando tan alejado de nosotros que continuaba sin ser motivo de alarma o de mayores medidas de seguridad que la de no preocupar-nos en exceso.
Otra noche, también a la hora de la cena, el locutor anunciaba que la coronada epidemia había dado el salto a la vieja Europa, y que en la región de la Lombardía se acababa de localizar un nuevo foco de contagios. Por unos segundos me digné a prestar algo más de mi atención a todo aquello, aunque ante la avalancha de datos y números, por lógica nada halagüeños, que la pantalla me estaba suministrando, opté por desviar la mirada y recoger la mesa antes de prepararme la acostumbrada infusión de melisa de cada noche. A la mañana siguiente en el trabajo algún incauto sí osó sacar el tema de la vecina Italia pero a nadie se le pasó por la cabeza la cruda y sobrecogedora idea de que en menos de un mes estaríamos en idéntica situación a la suya. Nadie se atrevió a anticiparse ni a prevenir y los pocos que clamaron al cielo con agoreros vaticinios fueron tachados de apocalípticos o ridículos.
Ahora nuestro rezagado gobierno, a buenas horas, ha declarado un confinamiento que va prolongándose por quincenas, dilatando la agonía y la acongojante incertidumbre. Las estadísticas que ilustran las noticias hablando de contagios y decesos en disparado aumento ya no son las de un país del lejano oriente, sino que se trata de las que hablan del caos que sacude y arrasa a mi provincia y a los vecinos de mi barrio. Vivimos encerrados con la nariz pegada al televisor, esperando una mínima señal de aliento, un anhelado brote verde esperanza al que aferrarnos, pero que por lo pronto parece que se resiste a producir. No hay otro tema en las conversaciones que pueblan las redes que este virus pegajoso, selectivo y exterminador. Sigo tomado, cada noche, mi infusión para dormir, ración doble comprada por Internet (hay que evitar salir a la calle, hay que romper el eslabón de la cadena de contagio, hay que quedarse en casa para poder salir de aquí).
Esta mañana las noticias han vuelto a mencionar a Wuhan. Con medidas de restricción draconianas, aniquilando la sociabilidad y envasando la vida en un gigantesco y global profiláctico, están controlando la pandemia que parecía ir a aniquilarles, y por segundo día consecutiva se han producido cero contagios. Están logrando doblegar la maldita curva. Poco a poco, anuncian que irán suavizando el estado de excepción en el que habitaban, y la vida recuperará, de una forma lenta y precavida, algo parecido a la normalidad.
Hace exactamente cuatro meses no había oído hablar de esa remota ciudad China ni de su grandioso y nutrido mercado, y cuando el noticiero comenzó a mencionarla, poco o nada me interesó. Sin embargo, desde hace algunos días, aguardo la información que en televisión puedan facilitarme sobre su situación y sus progresos en la lucha contra el desolador virus. Poco me imaginaba que el estado de salud de Wuhan iba a marcar, a fecha de hoy, el pulso de toda esperanza a la que poder agarrarme.
Son las nueve en punto, la hora de la cena, enciendo el televisor y me siento en frente a la espera de buenas noticias llegadas de la, hasta hace poco desconocida, lejana provincia de Hubei.


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